La Semana Santa ¿evoluciona?

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Semana Santa, sinónimo de vacaciones, descanso, viajes y hasta parranda, pero ¿de dónde viene esta tradición y para dónde vamos con la pérdida de las creencias y la fe por parte de los más jóvenes?

Para muchos, la Semana Santa no es más que otro festivo del año durante el que no hace falta ir a perder el tiempo a la oficina, si se puede perder, no con menos rigor, en la comodidad del hogar. Aún quedan algunos que conservan los rituales tradicionales, y que celebran, con misas y procesiones, los últimos sucesos de la vida de Cristo: La Última Cena el jueves, el viernes La Pasión, el sábado El Santo Sepulcro y La Resurrección el domingo de Pascua.

La mayoría, sin embargo, ha optado por el ritual moderno, sin duda más interactivo y no menos simbólico, y que consiste, a grandes rasgos, en un multitudinario peregrinaje a Girardot, con parada en piqueteadero en honor a la Última Cena, un trancón infinito en honor a la Pasión, una mortal borrachera para recordar el Santo Sepulcro y en honor a la Resurrección, el correspondiente caldo levantamuertos. Y si a esa interpretación le añadimos la simbólica correspondencia que hay entre el ron sacramental y la Santísima Trinidad, que juntos gozan de Tres Esquinas, no cabe la menor duda de que los colombianos se toman muy a pecho el homenaje al sacrificio de Cristo Nuestro Señor.

Sin embargo, una mirada a la historia sugiere que las cosas no fueron siempre así, y que existió una época en que las personas agradecían a Cristo de un modo un poco menos somático, aunque no mucho menos bárbaro. A cambio del trancón, la intoxicación y el guayabo practicaban el ayuno, la vigilia y la abstinencia, y los castigos por el incumplimiento de alguna de estas observancias alcanzaban dimensiones sobrenaturales, como todo en la Edad Media.

Hoy el peregrinaje es, por ejemplo, el multitudinario trancón a Girardot. Miles de personas buscan el descanso del primer trimestre, que practicar los antiguos rituales de pascua.

En el año 542 d. C., Caesarius, obispo de Arles, advirtió que las parejas que tuvieran relaciones sexuales durante la Cuaresma tendrían hijos leprosos, epilépticos o poseídos por el Demonio. Cuatro siglos después, en el 973 d.C., Burchard, obispo de Worms, aseguró que hacerlo por detrás, como los perros, merecía diez días de ayuno y diez padrenuestros diarios, y tres veces esa cantidad de haber pecado durante la Semana Santa.

Aunque Cristo murió un sábado y resucitó un domingo, días que alguna fecha habrán tenido que tener, la Semana Santa, como tantos peregrinos a Girardot y recreacionistas habrán podido notar, no tiene una fecha precisa, y puede caer en cualquier semana de marzo y abril. La razón es que aunque Cristo tuvo que haber muerto en alguna fecha precisa, nadie la conoce, después de tantos cambios de calendario y versiones de los evangelios. Ni siquiera lo sabían en el siglo IV, que es cuando la Semana se volvió Santa.

Ya unos cuantos años antes, en el Concilio de Nicea, que ocurrió en el 325, los padres de la Iglesia habían decidido reunir todas las celebraciones de la Pascua bajo una misma fecha y una misma liturgia, algo que concretaron varios siglos después. El problema más urgente, sin embargo, era que la Pascua cristiana no coincidiera con la Pascua judía, porque ya tenían suficientes problemas al tratar de que los habitantes del Imperio romano no confundieran las dos.

Como la Pascua Judía se calculaba según el calendario astrológico y no según el habitual, la Iglesia de Alejandría, del Imperio Romano de Oriente, que aún no se habría escindido de la cristiana para convertirse en la Iglesia Ortodoxa, propuso calcularla también según este calendario, otorgándole el primer domingo después de la primera luna llena y el equinoccio de primavera. De este modo no podría coincidir con la otra Pascua, dado que usaban el mismo calendario. Al final, después de un debate de dos siglos, un tiempo corto en realidad para la Iglesia, Dionisio el Exiguo convenció a los obispos romanos de las virtudes del calendario alejandrino, y se estableció el cálculo de la Semana Santa con el que hoy todavía la calculamos.

Deducir de esto que la historia de la Iglesia está hecha al machete, a punta de acuerdos más políticos que religiosos, de cenas y reuniones en las que se decidió cuándo y cómo ocurrieron los episodios fundamentales de la historia sagrada, y escoger a dedo qué era sacro y qué no, quién fue santo y quién no lo fue, no sería del todo equivocado, pero tampoco sería del todo preciso. Es cierto que los hechos decididos por Dios suelen resultar hechos convenidos por tres o cuatro viejos que ya nadie recuerda, y que, como con tantas otras prácticas, el cálculo de la Semana Santa está fundado sobre la astrología, una práctica que la Iglesia, en el siglo XV, habría de condenar con la hoguera.

La historia que la Iglesia vende no es de ningún modo la historia de los hechos verdaderos, pero por otra parte, la historia que la Iglesia vende es una historia sagrada, a la que las fechas exactas, las fidelidades históricas e incluso a veces la verosimilitud le son indiferentes. Cuando los obispos de Arles y Worms advirtieron sobre los peligros del incumplimiento de las observancias de la Semana Santa, no trataban de aterrorizar a las personas de manera frívola o gratuita, por más convencidos que estuvieran de la existencia del Demonio. Ellos trataban, por el contrario, de fundar una fe, algo que se logra al instaurar unos rituales, y algo que a su vez se logra al repetirlos y de no incumplirlos jamás para consolidarlos.

Más allá de que creamos o no en la religión católica, más allá de que creamos en la religión pero no en el modo en que la Iglesia representa a Dios sobre la Tierra, los rituales, en todas las regiones y épocas del mundo, tienen la capacidad, de seguro inexplicable, de reunir a las personas. Que el origen de ese ritual sea genuino o artificial, sagrado o mundano, o haya ocurrido en marzo o en abril, importa poco: hasta el acto más cotidiano e insignificante, repetido durante siglos, practicado por un grupo de personas y por los hijos y los nietos y los bisnietos de ese grupo de personas, tiene la capacidad de convertirse en un fenómeno de proporciones apabullantes.

El acto inicial se pierde, y queda una comunidad que se reúne cada tanto sin saber muy bien por qué, y esa incertidumbre conduce al asombro y a la reflexión. Los rituales, más allá de toda doctrina o justificación, tienen el poder de reunir a las personas, no importa si es alrededor del púlpito en la Iglesia, o alrededor del televisor en la casa, o alrededor del recreacionista en Girardot. Los rituales reúnen a la gente, y de eso es que se trata, al fin y al cabo, esta Semana que llamamos Santa sin saber muy bien por qué.

Fuente: Kien y Ke